No se trata de construir otro mundo desde cero.
Se trata de regenerar la vida allí donde todavía existen vínculos, memorias, afectos y esperanzas.
Porque la vida no solamente se organiza. La vida construye redes de afecto y reconocimiento; se reconoce como pueblo, comparte amores e historias, recupera su memoria y, desde allí, busca con esperanza un camino de liberación.
En esas redes no hay solamente individuos que necesitan ser “integrados” a una sociedad ya diseñada.
Hay personas que se reconocen mutuamente en sus necesidades y vulnerabilidades, que recuperan su palabra, comparten sus historias y descubren que sus vidas no están aisladas, sino que poseen una historia común.
Desde ese reconocimiento pueden construir vínculos de afecto y cuidado, recuperar la esperanza y abrir, juntos, caminos de liberación.
Regenerar no significa volver a lo que existía antes.
Significa hacer posible que aquello que todavía tiene vida pueda encontrarse, reconocerse y crear, fortaleciendo sus vínculos y abriendo caminos de liberación frente a las condiciones que producen sufrimiento, exclusión y muerte, para hacer posible la justicia.
La esperanza, entonces, no es esperar pasivamente un mundo mejor. Es una fuerza que nace de los vínculos y se convierte en acción.
Otro mundo es posible y necesario.
No porque alguien ya tenga diseñado cómo será.
Sino porque, en medio de una realidad marcada por la injusticia y el sufrimiento, la vida sigue creando vínculos, afectos, memoria y esperanza; y desde allí, como pueblo que se encuentra y se reconoce, puede abrir caminos de liberación. Porque otro mundo es posible y necesario.
Comentarios de actualidad en la Familia de la Calle como pueblo en una gran ciudad
Como Gustavo nos relató en su libro, Cuando los pobres nos llaman a la conversión, la Familia de la Calle era preexistente a su aparición como futuro acompañante y hermano de calle. Juntos hicieron historia.
La realidad del país, las políticas individualistas y la deshumanización de la sociedad tuvieron sus consecuencias sobre el núcleo de la Familia de la Calle, como sobre toda la población de calle. La aparición de nuevos sectores que se vieron obligados a hacer su vida y economía en la calle, la mercantilización de los valores del Barrio y el acoso policial y de los agentes gubernamentales de los espacios públicos fueron parte de esas consecuencias. Quedó relegada y desplazada la espiritualidad de la Familia de la Calle, del encuentro y del reconocimiento como hermanos.
No se trata de consolidar una vida destinada a vivir en situación de calle, sino de crecer y progresar con conciencia comunitaria. Para que, cuando sea posible salir de la situación de calle, se mantenga el reconocimiento de las necesidades de las personas marginadas y el vínculo con una historia compartida. Para así, en comunidad y desde esa identidad, continuar con el cuidado comunitario y dar voz a quienes no la tienen.
Hoy, más que nunca, es necesario trabajar en el amor por regenerar la Familia de la Calle: no para reproducir el pasado, sino para reavivar aquello que fue y que todavía tiene vida, para que pueda encontrarse, reconocerse y crear nuevos vínculos de afecto, memoria, esperanza y liberación.
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